La educación superior enfrenta un cambio estructural que pone en cuestión uno de sus modelos históricos: el enfoque centrado en la admisión de estudiantes como principal motor institucional.
Así lo plantea David Rosowsky en un artículo publicado en Forbes, donde sostiene que las universidades deben dejar de pensar la graduación como un cierre y empezar a verla como el inicio de una relación de largo plazo con sus egresados.
“Las universidades deben dejar de tratar la graduación como una entrevista de salida y comenzar a verla como el punto de entrada a una asociación de sesenta años”, escribe el autor.
Según Rosowsky, durante más de un siglo la oficina de admisiones fue el eje central de las universidades, concentrando funciones clave como la selección de estudiantes, la construcción de marca y la generación de ingresos.
Sin embargo, ese modelo comienza a mostrar límites frente a un contexto marcado por la caída demográfica en la cantidad de estudiantes y por una transformación tecnológica acelerada.
Del título inicial al aprendizaje continuo
El autor cuestiona lo que describe como una lógica de “educación en una sola etapa”, en la que las personas concentran su formación entre los 18 y 22 años y luego atraviesan décadas con escasa actualización formal.
Este modelo, sostiene, ya no responde a la realidad actual. “La vida útil de muchas habilidades se ha reducido a menos de cinco años”, señala, en un contexto donde la inteligencia artificial y la automatización están modificando rápidamente el valor del conocimiento adquirido.
En este escenario, Rosowsky advierte que si las universidades continúan ofreciendo únicamente una experiencia educativa inicial, su relevancia también se desvanece a medida que ese conocimiento pierde vigencia.
Hacia una relación permanente con los egresados
Como alternativa, el autor propone avanzar hacia un modelo en el que las universidades mantengan un vínculo activo con sus graduados a lo largo de toda su vida profesional.
Entre las ideas que plantea aparece el concepto de “Universidad como Servicio”, que implicaría ofrecer instancias periódicas de actualización, como microcredenciales o módulos de formación, así como acompañar procesos de cambio de carrera.
En este marco, las instituciones podrían desempeñar un rol más activo en las trayectorias laborales de sus egresados, en un contexto donde -según el autor- “la carrera del siglo XXI ya no es una escalera, sino una estructura mucho más dinámica”.
Rosowsky sostiene que este cambio también tiene implicancias en el modelo de ingresos de las universidades, ya que permitiría diversificar fuentes más allá de la matrícula inicial de estudiantes jóvenes, en un escenario de descenso demográfico.
Un cambio en la propuesta de valor
El artículo concluye que este enfoque implica una transformación en la propuesta de valor de las instituciones.
“El mensaje ya no debería ser ‘ven aquí para conseguir un empleo’, sino ‘únete a este ecosistema para mantener tu relevancia a lo largo de toda la vida’”, plantea.
En ese contexto, el prestigio de las universidades, agrega, dejaría de medirse por su nivel de selectividad en el ingreso y pasaría a estar asociado a la capacidad de acompañar a sus egresados de manera sostenida en el tiempo.

