En medio de una creciente presión sobre las universidades para adaptarse al mercado laboral, vuelve a resonar en la comunidad educativa un artículo publicado en Harvard Business Review en 2019, escrito por el académico George D. Kuh.
Aunque pasaron seis años desde su publicación, muchas de sus ideas no solo siguen vigentes, sino que resultan aún más urgentes frente al auge de las microcredenciales, la educación no formal y las trayectorias de formación acelerada.
Retomamos fragmentos clave de aquel análisis titulado Why Skills Training Can’t Replace Higher Education, que advertía sobre los riesgos de abandonar la educación universitaria en favor de programas cortos centrados exclusivamente en habilidades técnicas.
“El discurso de que necesitamos trabajadores que hagan lo que se necesita ahora, con programas cortos y certificados, se basa en una lógica de urgencia económica que omite los beneficios profundos de una formación universitaria de largo plazo”, planteaba Kuh ante un debate que sigue siendo vigente.
Habilidades para el presente... ¿y el futuro?
Uno de los principales argumentos a favor de los programas cortos es su conexión directa con el mercado laboral. Ofrecen vías accesibles para adquirir habilidades específicas en poco tiempo, algo especialmente valorado en sectores técnicos o con alta rotación. Pero formar solo para lo inmediato puede ser una solución superficial, señalaba el académico.
Los entornos laborales serán cada vez más dinámicos y exigentes. Más allá de saber operar una herramienta hoy, se requerirá pensamiento crítico, capacidad de adaptación, trabajo interdisciplinario y aprendizaje continuo. Y esas competencias no se adquieren en pocas semanas: se construyen a lo largo de procesos formativos más amplios, complejos y, sobre todo, integrales.
El riesgo de segmentar por clase social
Uno de los peligros más serios de privilegiar únicamente las credenciales cortas es que podrían volverse la opción predeterminada para estudiantes de sectores vulnerables. Ya se han visto ejemplos donde estos programas se transformaron en “rutas rápidas” sin retorno, con baja proyección laboral y escasa movilidad social.
El riesgo es claro: mientras una parte de la población accede a formación profunda, reflexiva y de calidad, otra queda atrapada en circuitos fragmentados y utilitarios. El acceso desigual a las credenciales también puede traducirse en una sociedad más polarizada, con brechas educativas más difíciles de cerrar.

La universidad como campo de transformación
Esto no significa idealizar a la universidad tal como la conocemos. La educación superior tiene desafíos estructurales que resolver: necesita ser más inclusiva, más pertinente, más conectada con el mundo real. Pero su fortaleza sigue estando en la posibilidad de ofrecer experiencias formativas de alto impacto que cambian vidas.
Programas que integran investigación temprana, escritura intensiva, proyectos comunitarios o pasantías no solo mejoran la empleabilidad, sino también la comprensión del mundo, la empatía, la capacidad de resolver problemas complejos. Estas experiencias deben dejar de ser optativas o elitistas: deben volverse parte estructural de la oferta académica.
Invertir en educación, no abaratarla
En un contexto global donde la automatización y la IA están redefiniendo el trabajo, formar profesionales con visión crítica, habilidades blandas y compromiso social ya no es un lujo: es una necesidad estratégica. Los atajos educativos pueden aliviar tensiones momentáneas, pero a largo plazo debilitan tanto a las personas como a las democracias.
En definitiva, señalaba Kuh en 2019, invertir en educación superior no significa mantener modelos obsoletos, sino transformarlos desde adentro, con innovación, inclusión y evidencia.
La clave está en lograr un ecosistema donde convivan rutas flexibles de formación, sin renunciar a la profundidad intelectual ni al desarrollo humano integral.

