El 25 de marzo, un jurado de Los Ángeles declaró a Meta y Google negligentes por el diseño de Instagram y YouTube, determinando que sus plataformas contribuyeron al deterioro de la salud mental de una joven de 20 años.
El veredicto fue el primero de este tipo en llegar a juicio: Snapchat y TikTok habían acordado antes de enfrentarlo.
Para expertos legales consultados por EdSurge, el fallo tendrá efecto sobre miles de demandas similares que avanzan en tribunales de todo Estados Unidos, con distritos escolares sumándose como demandantes.
Lo que el juicio dejó instalado es un concepto: el de "diseño adictivo".
Los correos internos presentados como evidencia mostraron que empleados de Meta alertaron sobre el daño potencial de sus propias funcionalidades, y que la empresa sabía que menores de 13 años usaban sus plataformas. El argumento de los demandantes no fue que el contenido fuera dañino, sino que características como el scroll infinito y los algoritmos de recomendación fueron construidas para maximizar el tiempo en pantalla.
Las empresas anunciaron apelaciones amparadas en la Sección 230, la norma federal que históricamente las protegió de este tipo de demandas. Si el caso llega a la Corte Suprema, podría redefinir el alcance de esa protección.
Lo que pasa en el cerebro
La neurociencia aporta contexto sobre por qué el diseño importa.
Especialistas consultados por VerificaRTVE señalan que estos mecanismos operan sobre cerebros adolescentes todavía en desarrollo, con sistemas de recompensa muy activos y menor capacidad de autocontrol.
La psicóloga Raquel Errazquin explicó al medio español que "no hablamos de falta de voluntad del menor, sino de un cerebro en desarrollo expuesto a entornos diseñados para enganchar."
Los datos de acceso temprano agravan el cuadro. Según el último informe de Unicef sobre infancia y bienestar digital, en España el 41% de los niños tiene móvil propio a los 10 años. A los 12, el porcentaje sube al 76%. La edad media de acceso al primer dispositivo es de 10,8 años. El 95,5% de los adolescentes está registrado en al menos una red social.
En consulta clínica, el psicólogo Jordi Bernabéu, de la Fundació Althaia, describe lo que observa: el uso problemático de redes "se asocia a dificultades de regulación emocional y conductual" y en muchos casos funciona más como "una forma de evadirse, calmarse o buscar validación que como una adicción primaria", señaló a VerificaRTVE.
El tratamiento que proponen los especialistas no es la desconexión total sino lo que llaman "dieta digital": reducir al mínimo necesario, con acompañamiento. Prohibir sin enseñar a regular, advierten, no resuelve el problema, solo lo desplaza.
El problema con llamarle "adicción"
No toda la comunidad científica lee el problema de la misma manera. Pete Etchells, profesor de psicología en Bath Spa University y autor de Unlocked: The Real Science of Screen Time, advirtió a BBC Science Focus que el concepto de "adicción" aplicado a redes sociales está siendo mal usado, y que eso tiene consecuencias concretas.
Según Etchells, el marco de la adicción desempodera a los usuarios al sugerirles que algo les ocurrió y que poco pueden hacer al respecto. Pero al mismo tiempo le facilita a las empresas tecnológicas desestimar las críticas como pánico moral sin base científica. "Necesitamos ser mejores para entender lo que dice la ciencia y hacer preguntas que sean mucho más difíciles de ignorar para la industria tecnológica", dijo al medio británico.
Su propuesta es hablar de hábitos en lugar de adicción. Los hábitos, explica, son neutros en sí mismos: lo que los vuelve problemáticos o beneficiosos es el contexto en que se ejercen.
Para Etchells, las prohibiciones sin alfabetización digital previa no resuelven nada: si los jóvenes llegan a los 16 o 18 años sin haber desarrollado criterio para navegar ese entorno, el problema solo se pospone.

