En un artículo publicado en Forbes, Christopher Rim, CEO de Command Education, advierte sobre un fenómeno preocupante: los estudiantes de la Generación Z llegan a la universidad cada vez menos preparados, tanto académica como emocionalmente, a pesar de contar con calificaciones destacadas.
“La carta de aceptación a la universidad marca el fin de una etapa, pero también el inicio de una nueva, y muchos estudiantes no están listos para lo que viene”, sostiene Rim.
Las investigaciones recientes muestran que los niveles de preparación universitaria han alcanzado mínimos históricos. Incluso los estudiantes con promedios perfectos reconocen sentirse inseguros ante los desafíos académicos, sociales y personales que impone la vida universitaria.
Uno de los principales déficits detectados es en las habilidades de funcionamiento ejecutivo, esenciales para gestionar clases, tareas y responsabilidades sin supervisión externa, plantea el CEO.
Según una encuesta del College Board a casi 2.700 profesores universitarios, el 76% indicó que los alumnos actuales están menos preparados en pensamiento crítico y análisis en comparación con generaciones anteriores.
Otro aspecto crítico es la falta de pensamiento crítico y metacognición, exacerbada por el uso excesivo de herramientas como ChatGPT. “Muchos estudiantes están delegando su esfuerzo intelectual a la inteligencia artificial y no desarrollan habilidades esenciales para su crecimiento académico y profesional”, advierte Rim.
A esto se suma un tercer componente clave: la resiliencia emocional.
Enfrentarse al fracaso, sentirse confundidos o replantearse su identidad académica son experiencias comunes en la transición a la vida universitaria. Sin acompañamiento adecuado, estos desafíos pueden resultar abrumadores.
Para Christopher Rim, es clave que las familias y las instituciones educativas proporcionen un sistema de apoyo temprano y sostenido. Esto permitirá a los estudiantes desarrollar competencias fundamentales, como la gestión del tiempo, la formulación de ideas propias y la capacidad de adaptarse a entornos cambiantes.
Este diagnóstico debería prender alertas en las instituciones de educación superior, que no pueden seguir asumiendo que el mérito académico previo es garantía de éxito universitario, sugiere:
"La necesidad de modelos de acompañamiento más personalizados, estrategias de orientación robustas y sistemas de tutoría más integrales se vuelve urgente si se busca reducir la deserción, mejorar la experiencia estudiantil y preparar a los jóvenes para un mundo laboral cada vez más complejo".

