Yuval Noah Harari, historiador israelí, profesor en la Universidad Hebrea de Jerusalén y autor de bestsellers internacionales como Sapiens y Homo Deus, coincide con buena parte del diagnóstico más difundido sobre la inteligencia artificial: en una década, superará a la inteligencia humana.
En una entrevista con The Economist, advirtió que “todavía tenemos el control en 2026”, afirmó. Sin embargo, ese control -sostiene- sigue estando en manos humanas mientras los gobiernos y las empresas sigan tomando decisiones activas al respecto.
La confianza se muda a los algoritmos
Para explicar cómo se pierde ese control sin que resulte evidente, Harari describe un fenómeno que ya está en marcha: la migración de la confianza, es decir, el desplazamiento de la fe que las personas depositaban en instituciones humanas hacia sistemas automatizados.
El ejemplo que propone es el financiero. Durante siglos, el dinero funcionó como una tecnología de confianza entre desconocidos: una pieza de papel sin valor intrínseco que dos personas aceptaban usar como intermediario. Hoy, dice Harari, buena parte de esa confianza se corre hacia las criptomonedas, porque un sector de usuarios ya no cree en los bancos ni en los reguladores, pero sí en el algoritmo que sostiene la moneda digital.
El mismo patrón aparece en el consumo de noticias. Harari señala que la desconfianza hacia periodistas y editores humanos convive con un consumo sostenido de información, solo que canalizado a través de los algoritmos que arman el feed de cada usuario en redes sociales. “La confianza no se evaporó, se corrió de los humanos hacia la IA”, explicó. Y remarcó que ese desplazamiento no es una proyección para el futuro.
Cómo se fabrica intimidad a escala
El desplazamiento de la confianza se profundiza, según Harari, con una capacidad que ninguna institución humana tuvo antes: producir intimidad de forma masiva.
Un líder político o religioso podía dar un discurso que millones de personas escucharan al mismo tiempo, pero no podía construir un vínculo personal con cada una de ellas. “La IA hace posible, por primera vez en la historia, producir intimidad en masa”, sostuvo Harari. La inteligencia artificial acumula información individual sobre cada usuario y domina el lenguaje como principal herramienta para sostener una relación.
Ese punto lleva a una distinción que Harari marca como central para entender el fenómeno: la diferencia entre inteligencia y consciencia:
La inteligencia es la capacidad de perseguir un objetivo y sortear obstáculos en el camino hacia esa meta. La consciencia es la capacidad de sufrir.
Los sistemas de inteligencia artificial actuales tienen la primera capacidad, pero no la segunda. Aun así, se volvieron muy eficaces imitando señales de consciencia, porque esa simulación cumple un objetivo comercial concreto: una aplicación de pareja virtual que logra parecer capaz de amar retiene más usuarios y genera más ingresos que una que no lo logra.
La combinación de ambos mecanismos, la migración de la confianza y la capacidad de simular vínculos personales, explica por qué el proceso que describe Harari puede avanzar sin que la mayoría de las personas lo perciba como una pérdida de control.
Por eso mismo, el historiador insiste en que la ventana de decisión sigue abierta. El resultado depende de las reglas que los gobiernos y las empresas definan ahora, no de un desenlace ya escrito:



