Tecnología e inclusión: la apuesta del Politécnico Grancolombiano
Juan Fernando Montañez, rector del Politécnico Grancolombiano, explica cómo la virtualidad permitió expandir el acceso a la educación superior en Colombia y consolidar un modelo con impacto social.
Hace casi dos décadas, el Politécnico Grancolombiano tomó una decisión estratégica: apostar por la tecnología como vía para derribar barreras históricas de acceso a la educación superior.
Hoy, la institución alcanza cerca del 88% de los municipios del país, con un modelo que combina virtualidad, infraestructura territorial y una visión centrada en la inclusión.
Tecnología para abrir puertas
En un país con una geografía compleja, donde el acceso físico a la educación superior ha sido históricamente limitado, la tecnología se convirtió en un habilitador clave.
“El Politécnico entendió hace 19 años que la tecnología sería el elemento fundamental para abrir el acceso y expandir la universidad más allá de las grandes capitales”, señala Montañez.
Ese enfoque permitió desarrollar un ecosistema digital que combina plataformas virtuales con Centros de Servicio Universitario en distintas regiones, donde los estudiantes pueden acceder a equipos y conectividad.
El resultado es un modelo que no depende de la presencialidad: durante la pandemia, la institución pudo migrar al 100% de la virtualidad sin transición, porque ya operaba bajo ese esquema.
Inclusión sin filtros
La inclusión, en este caso, no es un concepto abstracto sino una política concreta.
El Politécnico no aplica filtros de ingreso ni académicos ni económicos, y trabaja con poblaciones diversas, incluyendo estudiantes con discapacidades cognitivas.
“Nuestro compromiso es con la educación y no con las élites”, afirma el rector.
El perfil estudiantil refleja ese enfoque: una alta proporción proviene de los estratos más bajos, muchos combinan estudio y trabajo, y también hay adultos que retoman trayectorias educativas interrumpidas.
“Tenemos estudiantes mayores de 70 años. Personas que tenían un sueño y que nunca pudieron, pero hoy lo cumplen”.
En casi dos décadas, la institución formó a más de 140.000 graduados en todo el país.
Calidad y virtualidad: romper prejuicios
Uno de los desafíos del modelo es revertir la percepción de que la educación virtual es de menor calidad.
Para Montañez, la calidad no se define por el formato, sino por la experiencia del estudiante.
“La calidad no es colgarse una medalla, es garantizar la satisfacción del estudiante”.
En esa línea, la institución avanza en procesos de acreditación, actualización docente en competencias digitales y mejora continua de sus programas.
La virtualidad también redefine el concepto de vida universitaria.
“Bienestar no es solo tener canchas o gimnasios. Bienestar también es que una madre pueda acostar a sus hijos y luego estudiar desde su casa sin dejar de estar presente para su familia”, explica el rector.
El modelo incorpora tutorías personalizadas, redes de apoyo y programas que conectan a los estudiantes con sus territorios, buscando generar sentido de comunidad más allá de la presencialidad.
Inteligencia artificial: liberar tiempo para lo humano
Para Montañez, la inteligencia artificial ya forma parte del presente educativo.
Su rol, sin embargo, no es reemplazar, sino complementar.
“Lo que necesitamos es que, a partir de esa liberación, la gente tenga tiempo para pensar y aportar”.
En este sentido, la IA permite reducir carga operativa y mejorar el análisis de datos, pero también obliga a repensar las formas de evaluación.
“Tenemos que pensar cómo incentivar el debate y la construcción de ideas”.



