Por María Victoria Angulo, ex ministra de Educación de Colombia y consultora en educación superior.
QS proyecta cerca de 8,5 millones de estudiantes internacionales hacia 2030 y calcula que 5 millones buscarán alternativas por fuera de los cuatro destinos tradicionales. Para la región, esto abre una posibilidad concreta y obliga a revisar qué entendemos por internacionalización.
América Latina tiene más de 31 millones de estudiantes de educación superior, pero menos de medio millón estudia fuera de su país. UNESCO IESALC estima que la movilidad internacional sigue por debajo del 2%. Entre quienes sí se movilizan, la proporción que elige otro país de la región pasó de 24% a 43% en dos décadas.
Ese dato muestra que la región empieza a mirarse más a sí misma. El reto es convertir esa movilidad en algo más que un intercambio temporal.
Una experiencia internacional gana valor cuando permite estudiar, investigar, trabajar con una empresa o comunidad y mantener vínculos después del regreso. Cuando también circulan conocimiento, proyectos y oportunidades, hablamos de circulación de talento.
Para eso quedan barreras concretas. Los sistemas de créditos son heterogéneos y el reconocimiento académico sigue siendo incierto. Si un estudiante no sabe antes de viajar qué le será reconocido, la internacionalización empieza con una barrera evitable.
La reputación es otro frente. En QS, la reputación académica recoge la valoración de académicos sobre las instituciones que consideran referentes en su campo; la reputación entre empleadores refleja qué universidades son reconocidas por formar graduados de calidad. No hablamos simplemente de visibilidad o comunicación.
En la edición 2027 del QS World University Rankings, publicada en junio de 2026, 84% de las universidades latinoamericanas perdió posiciones. Entre las instituciones comparables, la posición promedio en reputación académica pasó de 623 a 680 entre 2023 y 2027; en reputación entre empleadores, de 567 a 864.
Pero la lectura no es lineal. Cerca de 89% de las universidades analizadas mejoró su puntaje en citas por profesor. Puede haber avances en investigación sin que ese progreso se traduzca, con la misma fuerza, en reconocimiento entre pares académicos y empleadores.
También cambia la demografía. Según la CEPAL, la edad mediana de América Latina y el Caribe pasó de 18 años en 1950 a 31 en 2024 y se acercará a 40 en 2050. A la vez, la OIT y el Banco Mundial estiman que entre 26% y 38% de los empleos de la región están expuestos a la inteligencia artificial generativa.
Eso amplía la conversación. La internacionalización también debe servir a quienes necesitarán aprender y volver a formarse varias veces durante su vida laboral: experiencias híbridas, cursos cortos, microcredenciales, proyectos internacionales y estancias breves.
¿Dónde empezar? No hace falta esperar un gran acuerdo regional. América Latina ya tiene redes de cooperación y movilidad sobre las cuales construir. El siguiente paso es conectarlas mejor, acordar reglas simples de reconocimiento de aprendizajes y abrir, desde esas redes, corredores con otras regiones.
La financiación tampoco debería depender de una sola fuente: puede combinar recursos de universidades, gobiernos, organismos internacionales, empresas y becas. Empezar con pocas redes, áreas y destinos, medir resultados y luego escalar puede ser más efectivo que diseñar desde el comienzo un sistema único para toda la región.
El salto importante será medir la internacionalización por lo que deja: cuánto conocimiento circula, cuántos vínculos permanecen y cuántas oportunidades se abren después del viaje.
En el fondo, esa es la pregunta: qué lugar quiere ocupar América Latina en la circulación global del talento y cómo convertir ese movimiento en más oportunidades para su gente.



