En la previa de Innova Educa, el encuentro internacional de Universidad Siglo 21, Pablo Rivarola comparte con InsightED su lectura sobre el momento que atraviesa la educación superior.
Para el vicerrector de Asuntos Académicos de la universidad, el gran reto pasa por medir a la universidad según lo que sus graduados son capaces de seguir aprendiendo.
A partir de esa idea, la conversación recorre el presente de la universidad argentina, cómo formar para un mundo que cambia rápido y qué capacidades necesitan desarrollar las instituciones. También habla del vínculo con el mundo del trabajo, del bienestar de los estudiantes y de lo que cambia y lo que permanece al aprender con inteligencia artificial.
Ese recorrido conecta con el eje que eligió Innova Educa este año: “Expansión del Código Humano”, una propuesta organizada en tres perspectivas, cerebro, tecnología y red. El encuentro se realiza este jueves 5 de noviembre en la sede Córdoba.
¿Cuál es, en su mirada, el reto central que enfrenta hoy la educación superior en América Latina?
- El reto central es que la universidad deje de medirse por lo que transmite y empiece a medirse por lo que sus graduados son capaces de seguir aprendiendo. El Foro Económico Mundial estima que el 39% de las habilidades clave del trabajo cambiará antes de 2030: quien ingresa hoy se graduará en otro mundo. En América Latina ese desafío se superpone con una deuda histórica: ampliamos el acceso, pero no la graduación. En Argentina, alrededor de tres de cada diez ingresantes terminan su carrera. Por eso el reto es doble: formar capacidades que se renueven durante toda la vida (criterio, pensamiento crítico, aprender a aprender) y sostener las trayectorias para que esas capacidades lleguen a quienes hoy quedan en el camino. Una universidad pertinente es la que logra ambas cosas a la vez.
¿Cómo describiría el momento que atraviesa la universidad argentina?
- La universidad argentina vive un momento de definiciones. Conviven debates de fondo sobre financiamiento, calidad y graduación con la llegada de una tecnología que reconfigura el núcleo de su tarea: producir y transmitir conocimiento. La conversación pública sobre inteligencia artificial estuvo dominada por una narrativa de sustitución. Prefiero otra pregunta: qué decisiones institucionales tomamos hoy. La adopción ya ocurrió desde abajo: en el Reino Unido, el 95% de los universitarios usa IA, pero menos de la mitad se siente acompañado por sus docentes. La brecha no es tecnológica, es de gobierno. El sistema argentino tiene una tradición de pensamiento crítico y apertura que es un activo enorme para orientar este cambio, si logramos pasar del uso disperso a decisiones con sentido pedagógico.
¿Cómo se forma a una persona para un mundo que cambia tan rápido?
- Formar para un mundo que cambia rápido exige revisar qué enseñamos, cómo y, sobre todo, para qué. Si la tecnología produce respuestas, el valor diferencial está en formular mejores preguntas, construir criterio y decidir con responsabilidad. Pero hay un dato que obliga a la prudencia: la OCDE, en su Digital Education Outlook 2026, muestra que la IA generalista mejora el rendimiento inmediato, pero que al retirarla los estudiantes pueden rendir hasta un 17% menos que quienes nunca la usaron. Cuando la herramienta está diseñada pedagógicamente, el aprendizaje se sostiene. La conclusión es clara: no se trata de usar más tecnología, sino de diseñar mejor el esfuerzo intelectual. Formar es enseñar a pensar con la IA sin delegarle el pensamiento.
¿Qué capacidades cree que las instituciones necesitan desarrollar para moverse en este contexto?
- La primera capacidad es la ambidestreza: sostener con excelencia lo que hacemos bien mientras exploramos lo que todavía no sabemos hacer. La investigación que venimos desarrollando sobre adopción de IA en universidades muestra que la diferencia no la hace la tecnología, sino la capacidad de gobernar el cambio. La segunda es invertir en los docentes. En Siglo 21 desarrollamos un programa de formación en IA generativa centrado en su integración en el diseño didáctico, en la evaluación de los aprendizajes y en su uso -ético y crítico, con mejoras de gran magnitud en el profesorado: el cambio es posible y se puede medir. La tercera es la colaboración. Los desafíos de esta etapa exceden a cualquier institución, por grande que sea. Compartir experiencias, ensayar soluciones y producir evidencia en red convierte la innovación en una capacidad colectiva y no en una excepción.
¿Cómo ve hoy el vínculo entre la universidad y el mundo del trabajo en la región?, ¿Qué le pediría a las empresas en esa relación?
- El vínculo se redefine desde la raíz. Por primera vez hay sistemas capaces de participar en tareas que considerábamos exclusivamente intelectuales. El Foro Económico Mundial proyecta que hacia 2030 se crearán 170 millones de empleos y se desplazarán 92 millones, con el pensamiento analítico, la creatividad y el aprendizaje permanente entre las capacidades más valoradas. A las empresas les pediría tres cosas. Que compartan lo que ven antes de que llegue a los planes de estudio: la información del cambio está en su práctica cotidiana. Que co-construyan la formación con nosotros. Y que cuiden los puestos de entrada: si la IA absorbe las tareas con las que los jóvenes aprendían el oficio, necesitamos diseñar juntos nuevas formas de aprender trabajando.
¿Qué observa hoy en los estudiantes en relación con su bienestar?
- Veo estudiantes con más herramientas que nunca y, a la vez, con más riesgo de transitar su formación en soledad. El primer año es decisivo: allí no solo se aprende una disciplina, se construye una identidad como estudiante. Por eso en Siglo 21 abordamos la persistencia como un fenómeno identitario y no solo académico. La evidencia reciente es elocuente: un estudio de la Universidad de British Columbia con estudiantes de primer semestre mostró que conversar con un compañero redujo la soledad, mientras que hacerlo con un chatbot de apoyo no lo logró. La IA puede anticipar dificultades y personalizar el acompañamiento, y vale la pena aprovecharla. Pero el bienestar se construye en el vínculo: sentirse parte, ser reconocido, poder cuidar a otro. La tecnología tiene que multiplicar esos encuentros, no reemplazarlos.
Con la inteligencia artificial en el centro de la escena, ¿qué cambia en la forma de aprender y qué permanece?
- Cambia la escala de la personalización. Por primera vez es posible acompañar trayectorias que reconocen los ritmos, intereses y necesidades de cada estudiante, y liberar tiempo docente para lo que solo un docente puede hacer. Cambia también la evaluación: si un texto se produce en segundos, lo valioso pasa a ser el proceso, el razonamiento y la capacidad de defender una idea. Lo que permanece es el esfuerzo. Aprender sigue requiriendo una fricción productiva que ninguna herramienta puede hacer por nosotros. La neurociencia lo muestra hace tiempo y la evidencia sobre IA lo confirma: cuando la tecnología elimina todo esfuerzo, el rendimiento sube y el aprendizaje baja. Permanece también el conocimiento disciplinar: cuanto más potentes son las máquinas, más necesitamos personas formadas para comprender, cuestionar y orientar sus resultados.
¿Por qué “Expansión del Código Humano” como eje de este año para Innova Educa?
- Porque la inteligencia artificial abre una de las mayores oportunidades de expansión de nuestras capacidades, y eso obliga a preguntarnos de nuevo quiénes somos cuando aprendemos, enseñamos y decidimos. Durante años comparamos a las personas con las máquinas para ver quién ganaba. «Expansión del Código Humano» propone otra lógica: no competir, sino ampliar. Y lo hace desde tres perspectivas que se necesitan entre sí. Cerebro, para comprender cómo pensamos, aprendemos y decidimos. Tecnología, para extender lo que podemos hacer. Y Red, porque nadie aprende ni innova solo: el conocimiento que importa se construye con otros. Es una invitación a recuperar el sentido profundo de aprender y enseñar en un mundo transformado por la tecnología.
¿Qué conversación esperas que se abran en este nuevo encuentro?
- Espero conversaciones entre miradas que rara vez se cruzan. Con Diego Golombek exploraremos cómo funciona el cerebro cuando aprende y decide, algo indispensable para diseñar buena educación. Con Dolors Reig abordaremos hacia dónde va la tecnología y qué significa para nuestra forma de vincularnos y conocer. Con Fernán Quirós conversaremos sobre liderazgo colaborativo, alianzas y construcción de valor en red. Me gustaría que de este encuentro surjan menos certezas y más proyectos compartidos, y que cada docente vuelva a su aula con una pregunta nueva y una idea para probar el lunes.
¿Qué pregunta cree que la educación superior todavía tiene pendiente?
- La pregunta pendiente es qué seremos capaces de hacer juntos, personas y tecnología, instituciones y comunidades, que antes resultaba imposible. Durante un tiempo la educación superior se preguntó cómo protegerse de la IA. Ahora necesita preguntarse qué tipo de inteligencia quiere cultivar. Esa definición excede lo tecnológico: es una decisión sobre la sociedad que aspiramos a construir. Y hay otra pregunta, más incómoda, que no podemos postergar: cómo lograr que esta expansión de capacidades llegue a todos y no profundice las desigualdades que ya conocemos. Si la IA solo potencia a quienes ya estaban mejor preparados, habremos desperdiciado la oportunidad. Ese es el desafío de nuestra generación: una educación que integre inteligencia humana y tecnológica para expandir el potencial de cada persona.



