"En universidades masivas ningún líder tiene todas las respuestas"
Martín Santana, rector de la Universidad Privada del Norte, conversó con InsightED sobre los retos de la educación superior en un año lleno de transformaciones.
Martín Santana es rector de la Universidad Privada del Norte (UPN) en Perú. Desde hace más de dos años, conduce una universidad masiva, fundada en 1994 y con una alta proporción de estudiantes de primera generación universitaria.
Desde su oficina de rectorado, dialoga con InsightED sobre los retos de la educación superior, en una agenda educativa repleta de cambios, transformación del mercado laboral y expectativas renovadas de los estudiantes.
Para Santana, el desafío menos visible del sector educativo superior no pasa por la inteligencia artificial ni por el mercado laboral en sí mismos, sino por la falta de discusión en torno a la empleabilidad temprana del talento joven, en un contexto donde las posiciones de entrada empiezan a ser reemplazadas por la automatización.
El equilibrio entre escala y calidad, la movilidad social como propósito institucional y un modelo de liderazgo que asume que “ningún líder tiene todas las respuestas” aparecen como los ejes centrales de su lectura sobre la gestión universitaria hoy.
-¿Cuál es el mayor reto que observa hoy en la educación superior y que quizás no tiene visibilidad suficiente?
-Creo que el reto es el del talento joven. No estamos discutiendo sobre su potencial de empleabilidad al final del egreso, cuando hoy en día muchas posiciones de entrada están siendo reemplazadas, en este caso, por la inteligencia artificial. Creo que debemos desarrollar modelos y experiencias que le permitan a la gente joven desarrollar, desde los primeros años de su carrera, competencias y habilidades que los hagan empleables más temprano en la carrera, y no sólo al final o al egreso de la misma. Creo que eso es un tema muy relevante porque hay una paradoja enorme: las empresas no encuentran el talento que necesitan y, sin embargo, hay miles de egresados que no encuentran el trabajo que desean. Esa paradoja es muy importante y es un gran desafío para toda América Latina.
-¿Y cómo se hace para alinear esa situación, que parece ir por dos carriles separados?
-Creo que un diálogo entre la academia y la empresa es fundamental. No es que la universidad deba cambiar: el mundo cambió y, como consecuencia de ello, están cambiando las habilidades que requieren las empresas. Tenemos que hablar con las empresas, escucharnos más, articularnos más, de tal manera que entendamos qué requieren ellas para poder reflejarlo en la formación que ofrecemos.
-La Universidad Privada del Norte es una universidad masiva. ¿Qué buscan los estudiantes?, ¿cuáles son sus expectativas?
-Nuestros estudiantes llegan con una enorme voluntad de avanzar. Muchos trabajan, sostienen a sus familias y estudian al mismo tiempo; por eso, para ellos, la universidad no representa sólo una profesión o un título, sino más bien una oportunidad concreta para ampliar sus posibilidades de vida. ¿Qué buscan? Buscan una formación práctica, flexible y conectada con las demandas del mercado laboral, y esperan que la institución reconozca el esfuerzo que hacen y les brinde herramientas reales para su crecimiento profesional en los próximos años.
-Hablabas de los estudiantes de primera generación universitaria: ¿qué representa esa cifra para la universidad?
-Nosotros tenemos el 81% de nuestros estudiantes que son de primera generación universitaria. Como entenderás, detrás de esas cifras hay miles de familias que están buscando cambiar su trayectoria económica y social a través de la educación. Por eso, nosotros concebimos nuestro rol no sólo como formadores de conocimiento, sino más bien como impulsores de movilidad social. Cuando un estudiante de primera generación obtiene ese título universitario tan ansiado por las familias, no sólo cambia su historia individual: cambia la de su familia y, en muchos casos, la de su comunidad entera.
-¿Cómo se equilibra la calidad académica y la experiencia del estudiante cuando una universidad es tan grande y las necesidades de los estudiantes son tan diversas?
-Existe una idea equivocada, creo yo, de que el acceso masivo a la educación y la calidad académica son objetivos incompatibles. Nuestra experiencia demuestra todo lo contrario. La clave está en construir sistemas sólidos que aseguren una experiencia universitaria consistente sin importar el campus, la ciudad o la modalidad de estudio. En nuestro caso particular, el aseguramiento de la calidad se sostiene en tres pilares: la simplificación de procesos, la automatización y el uso de la inteligencia artificial, y también una cultura de mejora continua basada en la autorregulación. Estos pilares nos permiten ordenar la operación, reducir brechas entre sedes y, sobre todo, tomar decisiones basadas en información oportuna. En el acompañamiento, utilizamos sistemas de alerta temprana para identificar a aquellos estudiantes que requieren apoyo académico, financiero o personal, y así actuar de manera anticipada. Nosotros concebimos la escala con sentido solamente cuando realmente amplía oportunidades y garantiza que una educación de calidad llegue a más personas.
-¿Qué sucede en torno a la deserción?, ¿Cómo ven la realidad actual de la población estudiantil?
-Hoy en día, sobre todo en las carreras de educación a distancia, hay una deserción mayor, y es precisamente ahí donde necesitamos impulsar nuevas formas de enganchar a los estudiantes. Creo que ese es el reto actual para nosotros. Muchos estudiantes trabajan y les cuesta seguir el ritmo, por eso les ofrecemos flexibilidad en los horarios.
E incluso más allá de los temas económicos o académicos, existe el tema emocional, el tema del bienestar en las familias, que trae consigo también algunos problemas para que el estudiante permanezca o continúe. Y eso, sumado a que son estudiantes de primera generación universitaria, hace que no sólo tengan el reto de salir ellos adelante, sino que carguen con la mochila de la familia entera que presiona para que sigan adelante. En muchos casos, el estudiante trae detrás tres generaciones: los abuelos que no estudiaron, los padres que tampoco estudiaron y, finalmente, el estudiante que estudia, que es el sueño de tres generaciones de la familia.
-Hay discursos en torno al valor de la educación superior. Uno de ellos es cierto descreimiento. Si hay tanta formación disponible y cualquiera puede educarse con programas más cortos, quizás no es necesario ir a la universidad. ¿Qué pensás de estas voces?
-La data en Estados Unidos muestra, efectivamente, que hay un crecimiento de la desconfianza hacia las universidades: primero, por el costo de las mismas; segundo, porque el retorno de la inversión toma muchos años y, en algunos casos, los empleos de entrada son muy difíciles de conseguir o directamente no existen. Sin embargo, eso no ocurre, creo yo, al menos en América Latina, donde todavía la transición de los estudiantes escolares hacia las universidades es muy alta. Por ejemplo, en el caso particular de Perú, en cifras de hace dos años, tan solo un 31% de los estudiantes escolares transitaba hacia la educación superior o técnica; muchos de ellos lo vuelven a hacer más tarde, diez años después, cuando ya trabajan o tienen una familia consolidada. Lo tradicional -del colegio directo a la universidad- se está diluyendo un poco, pero todavía creo que tenemos una brecha muy grande, al menos en Perú, para que las universidades jueguen un rol importante en brindar educación de calidad.
-¿Qué es lo más difícil de ser rector de una universidad?
-En realidad hay muchas cosas, pero creo que lo más importante, al menos para mí, es el propósito de transformar la vida de muchos estudiantes con una educación de calidad. Creo que la educación sigue siendo uno de los motores más poderosos para transformar las sociedades de Perú y de América Latina en general, y esa responsabilidad es enorme, porque detrás tenemos a este estudiante de primera generación que trae los sueños de la familia, y lo que buscamos es abrirle esas oportunidades y darle esa movilidad social de la que hablábamos. Esa responsabilidad es enorme, pero también es el mayor privilegio de liderar una institución educativa en general, y creo que ese es el reto que tenemos todos: que la educación de calidad no sea una aspiración para pocos, sino que se convierta en una oportunidad accesible para quienes realmente tienen el talento y la voluntad de aprovecharla.
-¿Qué se enseña hoy en su universidad que hace cinco años no se enseñaba?
-Hoy contamos con programas de ciencia de datos, ciberseguridad, inteligencia artificial y otras áreas que hace pocos años eran todavía emergentes, pero que hoy resultan esenciales para la competitividad profesional. Sin embargo, la transformación más importante no radica únicamente en los contenidos, sino en la forma de enseñar y de acompañar el aprendizaje. La inteligencia artificial nos está obligando a replantear qué significa aprender cuando el conocimiento está disponible en segundos. Nuestra respuesta a eso es formar profesionales capaces de interpretar información, de cuestionarla, de integrarla y, sobre todo, de utilizarla para resolver problemas complejos. Por eso hemos evolucionado nuestro modelo educativo este año hacia metodologías activas de aprendizaje, basadas en proyectos, problemas, simulaciones y desafíos. Eso ha traído consigo que la evaluación también cambie: hoy importa menos memorizar respuestas y más demostrar criterio, capacidad de análisis y calidad en la toma de decisiones. Leía recientemente un estudio de una universidad muy prestigiosa en Estados Unidos, que decía que la gran mayoría de los estudiantes tiene muy buenas notas, muy buenos resultados, pero en la práctica no pueden ejecutar nada de lo que han plasmado en sus tareas o proyectos, porque todo está hecho con inteligencia artificial. Por eso la evaluación también debe cambiar, además de cómo enseñamos y cómo acompañamos ese aprendizaje.
-La última pregunta… ¿Qué lo inspira a usted como líder?
-En primer lugar, mi modelo de liderazgo se basa en el propósito, en la confianza y, sobre todo, en la capacidad de adaptarnos muy rápidamente. En instituciones como la nuestra, que son grandes, ningún líder tiene todas las respuestas, ninguno; por eso es clave construir equipos diversos, empoderar al talento y, sobre todo, promover una cultura donde las decisiones se tomen con datos, pero que reflejen la misión y la visión institucional. Eso es muy importante. ¿Qué hago? Escucho constantemente, viajo, me reúno con líderes empresariales y con líderes educativos de manera continua, para mantener esa capacidad de estar vigente en el sector y tratar de introducir prácticas que todavía no tenemos. Y lo que realmente me inspira es el impacto que tiene la educación en la vida de las personas, porque detrás de cada decisión que tomamos hay un impacto no solo en nuestros miles de estudiantes, sino en sus familias, que depositan en nosotros esos sueños de progreso y desarrollo. Por eso creo que ver a un estudiante de primera generación, como los nuestros, graduarse, crecer profesionalmente y abrir nuevas puertas de progreso para su familia, es la evidencia concreta de que la educación sí tiene ese poder transformador, y también la satisfacción personal de ver que lo que estamos haciendo está logrando esa movilidad social tan deseada, tan ansiada, por muchos de nuestros estudiantes en el país.



