"En Latinoamérica, el cuello de botella de la transformación digital no es la tecnología"
Mario Sánchez, Vicepresidente para LATAM de D2L, identifica los avances, tensiones y desafíos que definirán a la educación superior hacia 2030.
En entrevista con InsightED, Mario Sánchez, vicepresidente para Latinoamérica de D2L, traza un mapa de la expansión y alcance de la transformación digital en las instituciones de educación superior de la región.
Desde su mirada, Latinoamérica no tiene necesariamente los recursos que existen en otras regiones para invertir en tecnología educativa, “pero sí ha demostrado algo muy valioso: la motivación de transformar sus instituciones e invertir en nuevas capacidades tecnológicas alineadas con el futuro de la educación”.
Las universidades están pasando de modelos tradicionales a esquemas híbridos y digitales en poco tiempo. Esa velocidad ha generado lo que Sánchez llama un “músculo institucional” que sigue muy activo. Desde el lado de los proveedores tecnológicos, se nota: en Latinoamérica, la adopción y experimentación de plataformas de inteligencia artificial, análisis de datos y autoridad de contenido es más rápida que en otras regiones, incluso mayor que en mercados con mayor presupuesto.
“En las universidades de Latinoamérica hay un músculo institucional de transformación muy activo”
Si la motivación está, ¿dónde está el cuello de botella?
Sánchez es categórico: “El problema no es la tecnología”. La mayoría de las universidades ya acumula datos desde hace mucho tiempo. “Llevan acumulando datos y herramientas por muchísimos años porque han implementado diversos sistemas como los sistemas académicos, los LMS, los CRM y otras aplicaciones que están utilizando hoy en día en sus universidades”.
El desafío tiene tres componentes. Primero, gobernanza de datos -muchas universidades aún no la implementan-. Segundo, estructura: existe descentralización excesiva en el manejo de información. Y tercero, capacidad de interpretación: saber leer esos datos para convertirlos en decisiones.
A esto se suma ahora un nuevo desafío: con el auge de la IA, estas mismas estructuras y modelos de gobernanza también deben evolucionar y alinearse con una estrategia institucional que permita asegurar un uso responsable, integrado y útil para la toma de decisiones y el aprendizaje.
Las universidades tienen herramientas disponibles. Lo que les falta es un proceso claro para actuar sobre lo que esos datos les dicen. “Muchas instituciones ya cuentan con dashboards y herramientas de BI pero no necesariamente los procesos para actuar sobre esa información”, dice Sánchez. Y agrega: “La pregunta clave básicamente no es qué datos tengo sino qué decisiones e insights estoy tomando con ellos”.
“Muchas instituciones ya tienen dashboards y herramientas de BI pero no necesariamente los procesos para actuar sobre esa información “
Las acciones que definirán los próximos cinco años en educación superior
Mientras las universidades debaten sobre caída de matrículas y habilidades de estudiantes alineadas a los sectores de empleo, Sánchez identifica una tensión más profunda que definirá al sector hacia el 2030: “Si tengo que elegir qué va a definir los próximos cinco años, diré que es el cambio en las expectativas del estudiante”, dice.
No se trata solo de estudiantes nuevos. También hay graduados de generaciones anteriores que buscan recapacitarse, volver a sus universidades o explorar nuevas opciones de aprendizaje. “Estudiantes de generación centennial o millennial que ya se graduaron pero quieren obtener más habilidades y conocimientos”, explica.
Todos ellos -sin excepción- esperan algo distinto: “Hoy el estudiante espera que la enseñanza sea más flexible, más personalizada, que los conecte al nuevo mundo laboral de una manera más eficiente y que sea una experiencia mucho más cercana a la realidad”.
“Las instituciones que entiendan este cambio y rediseñen su propuesta de valor en torno al estudiante van a liderar y van a empezar a hacerse más relevantes de lo que son hoy en día”, agrega.
La brecha no es de contenido
Según Sánchez, hay un dato que se repite en toda Latinoamérica: los estudiantes terminan sus carreras sintiendo que les falta algo para entrar al mundo laboral. Las empresas dicen lo mismo desde el otro lado.
“La brecha es real pero no solo es sobre el contenido, es sobre la experiencia de aprendizaje”, dice. ”Muchas veces el estudiante adquiere conocimiento pero no desarrolla suficientemente las habilidades necesarias como pensamiento crítico, resolución de problemas o aplicación de esos problemas en la práctica. Y eso es lo que el mercado laboral está demandando hoy”, agrega.
¿Cómo se cierra la brecha? “Estamos viendo universidades que están integrando nuevos modelos de aprendizaje, contenidos más dinámicos e inmersivos, evaluaciones más auténticas y el uso de datos para acompañar al estudiante. Y especialmente el uso de inteligencia artificial para acompañar a los alumnos en sus caminos de aprendizaje”, detalla.
Según Sánchez, “la tecnología bien utilizada no reemplaza la formación pero sí puede acercarla mucho más a la realidad profesional”.
¿Qué marca la diferencia entre una universidad que avanza en transformación digital y otra que se queda en el diagnóstico?
En este punto, Sánchez es claro: “La diferencia no está en la tecnología, sino en las decisiones institucionales”.
Según su experiencia trabajando con instituciones de distintos tamaños y modelos, hay tres claves que aparecen entre las universidades que van un paso más allá.
“Lo primero es que esas universidades que avanzan tienen una alineación a nivel de liderazgo: rectoría, dirección académica, áreas de tecnología empujando todos en la misma dirección. Segundo, tienen una definición clara de objetivos pedagógicos y no solo tecnológicos. Y tercero, que hay un compromiso con la ejecución, especialmente en la formación docente, en la adopción y en el diseño de cursos”.
¿Qué las detiene? “Muchas instituciones se quedan en el diagnóstico porque ven la transformación digital como un proyecto. Las que avanzan la tratan como una estrategia institucional sostenida con el tiempo”, señala.
Respecto de la IA, esta ya se experimenta de forma orgánica por docentes y estudiantes, pero sin marcos institucionales claros. El riesgo no es entonces la innovación sino no darle un encuadre a tiempo.
“Si frenas la experimentación pierdes el momento, pero si no la orientas generas fragmentación dentro de las universidades”, advierte Sánchez. Eso abre la puerta a riesgos de integridad académica y uso inconsistente de la tecnología.
¿Cuál es la salida? Las universidades que avanzan son las que permiten experimentar pero cierran rápido con lineamientos claros, gobernanza y formación docente. “Lo más importante es un marco de uso responsable”, subraya.
La señal de avance
¿Cuál sería la señal de que las universidades lograron integrar la tecnología de forma significativa en dos años? Sánchez apunta tres indicadores clave.
Primero, que los docentes aprovechen y adopten herramientas de inteligencia artificial integradas en su LMS para optimizar su enseñanza. Segundo, que las decisiones académicas estén “basadas más en datos cada vez más”. Y tercero, que las experiencias de aprendizaje sean “más personalizadas, más flexibles y más relevantes, alineadas a los requerimientos laborales que existen o van a existir en los próximos años”, dice.
¿Y las señales de atraso? “Poca opción de herramientas avanzadas como inteligencia artificial, contenidos rígidos y aburridos, ofertas de aprendizaje no flexibles. Poco cambio en las aulas tradicionales. Plataformas subutilizadas. Y estudiantes que siguen sintiéndose desconectados de su aprendizaje digital”, enumera Sánchez.
Su conclusión cierra la conversación: “El indicador más honesto no es la tecnología que tienes sino la experiencia que van a vivir estos estudiantes en los próximos años”.
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