La inteligencia artificial ya tiene un uso extendido en las universidades de América Latina, y la pregunta empieza a correrse hacia cómo se gestiona.
Sobre eso trabaja un documento del Instituto Internacional de la UNESCO para la Educación Superior en América Latina y el Caribe (UNESCO IESALC), que encuestó a rectores y directivos de 200 instituciones de 19 países para relevar cómo se incorpora esta tecnología en la enseñanza, la investigación, la gestión y el vínculo con la comunidad, y bajo qué reglas.
El punto de partida confirma la escala del fenómeno: el 87% de las universidades usa IA en al menos una de esas áreas.
El panorama cambia cuando la mirada pasa de la adopción al seguimiento. Solo el 9% cuenta con mecanismos formales para evaluar esa implementación, es decir, procesos sistemáticos que miden si la tecnología cumple los objetivos para los que se incorporó. Otro 27% hace evaluaciones informales o por proyecto, y el 57% no realiza ningún seguimiento.
La distancia se mantiene incluso entre las instituciones que más usan la tecnología.
Entre las que la aplican en tres o más áreas a la vez, el 37 % no monitorea sus resultados. En la enseñanza, el ámbito con mayor adopción y el de impacto más directo sobre los estudiantes, casi la mitad de las 147 universidades que usan IA en el aula no hace ningún seguimiento. Según el informe, la región amplía la implementación “más rápido de lo que está construyendo la infraestructura necesaria para entender” qué avances produce.
Una adopción que llega desde las aulas
La IA entra a las universidades sobre todo por la enseñanza y el aprendizaje, donde la usa el 74% de las instituciones, y en segundo lugar por la investigación. En nueve de cada diez casos se trata de herramientas de IA generativa, las que producen textos, imágenes u otros contenidos a partir de instrucciones, como ChatGPT, Copilot o Gemini. El informe describe este recorrido como una adopción de abajo hacia arriba: primero la incorporan estudiantes y docentes, y recién después la institución empieza a fijar reglas.
Los directivos atribuyen ese avance a personas más que a estructuras. El 71 % señala a promotores internos o grupos de trabajo como el principal facilitador, mientras que los incentivos de políticas nacionales aparecen en el 9 % de las respuestas. El andamiaje institucional llega más atrás: el 26% tiene una estrategia formal que incluye la IA, el 18% cuenta con una oficina dedicada a gobernarla y el 8%, con un presupuesto específico.
La brecha entre públicas y privadas
Las diferencias por tipo de institución atraviesan todas las dimensiones del estudio. Las universidades privadas sin fines de lucro casi triplican a las públicas en estrategias formales de IA, con 39 % frente a 14 %. En el sector público, el 48 % no tiene a nadie designado para gobernar la tecnología y el 62 % no monitorea su implementación, la tasa más alta de la muestra. El informe señala que estas instituciones atienden a una mayor proporción de estudiantes de bajos ingresos, por lo que la brecha tiene implicancias de equidad “que se extienden mucho más allá de la educación superior”.
Según el estudio, la falta de reglas claras ya tiene efectos en la conducta estudiantil. El 49 % de las universidades reporta más confusión entre sus alumnos sobre qué uso de la IA es adecuado, y el 35 % registra un aumento de casos de plagio. Solo el 24 % cuenta con directrices de integridad académica, las normas que definen qué usos de la IA se aceptan en trabajos y evaluaciones, claras y comunicadas a todo el estudiantado.
Entre las universidades que ya usan IA en la enseñanza, una de cada cuatro no ofrece ninguna capacitación a sus estudiantes.



