Por Eliana García · Managing Partner de Mentha Executive Search.
Llevo más de veinticinco años trabajando con talento, buena parte de ellos en el sector educativo y con sus principales stakeholders: titulares, reguladores, fondos de inversión, partners tecnológicos y las empresas que contratan a sus egresados. No recuerdo un momento con tanto foco sobre él.
En España y en Latinoamérica, la educación ha dejado de ser un actor secundario y hoy está en el top 10 de las conversaciones que nos ocupan. Hablamos de un mercado global que se acercará a los 10 billones de dólares en 2030. Es más dinámico económicamente, es clave para el futuro de un país y es controvertido en sus modelos, a veces obsoletos y alejados de la realidad social. Lo es por dos motivos: los nuevos modelos de aprendizaje y un talento que seguimos formando a una velocidad distinta a la de la demanda.
Hay razones de fondo.
La primera es que el contenido ya no es estático. Durante siglos, el valor de una institución educativa estuvo en custodiar un conocimiento. Hoy vivimos en un mundo que genera contenido sin pausa y evoluciona tan rápido que lo que hoy es innovación, mañana está obsoleto. La inteligencia artificial lo genera, lo resume y lo adapta en segundos. Esta revolución no le ha quitado valor a la educación: lo ha cambiado de sitio. Ya no se paga solo por el contenido. Se paga por la experiencia de aprender, por el acompañamiento, por una credencial que abre puertas y por la garantía de que lo aprendido, tiene aplicación.
La segunda es el aprendizaje a lo largo de la vida. El alumno ya no tiene dieciocho años, tiene treinta, cuarenta o cincuenta y cinco, y volverá a formarse varias veces porque su profesión cambiará varias veces. El Foro Económico Mundial calcula que el 39% de las competencias actuales habrá cambiado o quedado obsoleto en 2030, y que 59 de cada 100 trabajadores necesitarán formarse antes de esa fecha. La educación pasa a ser una relación de largo plazo, no una transacción. Y aquí ocurre algo que hace una década parecía imposible: la educación es a la vez ascensor social e inversión rentable y escalable. Lo que antes vivíamos como una contradicción entre misión y negocio, hoy se refuerza.
En Latinoamérica esto se ve con especial claridad. Millones de personas necesitan formarse para acceder a mejores empleos y los sistemas presenciales no dan abasto. En la región, la tasa de acceso a la educación superior ha pasado del 40% al 53% entre 2000 y 2023, y el 49% de esa matrícula ya es privada, la proporción más alta del mundo. Y el online ha roto las fronteras. España, con un idioma compartido y grupos educativos con vocación internacional, tiene una oportunidad que no se repetirá: ser el puente formativo de 635 millones de hispanohablantes.
Un acelerador con condiciones
La entrada de capital privado es un acelerador. Solo en España, la ola inversora en educación supera los 10.000 millones en seis años. Trae recursos, método y ambición. Profesionaliza la gestión, obliga a medir y acorta los plazos de la transformación. Pero también exige una rentabilidad mayor, y esa exigencia no se queda en la cuenta de resultados. Recae sobre los equipos. Y la foto ya ha cambiado: las universidades privadas ya tienen más alumnos de máster que las públicas: el 50,3% en el curso 2023-24, frente al 33% de hace ocho años. El motor ha sido el online.
Para mí, ese es el punto crítico del momento. El inversor puede cambiar de ritmo, pero la formación de una persona sigue teniendo sus propios tiempos. Esa tensión entre el horizonte del inversor y el del alumno solo la resuelve el liderazgo. Acelerar respetando la cultura, los equipos y la regulación es hoy la competencia directiva más valiosa del sector.
La fórmula que antes no conectaba
Los proyectos que crecen miden la calidad con la misma seriedad que la captación, diseñan la experiencia del alumno y usan el dato para decidir. Para eso necesitan directivos que unan gestión y sensibilidad educativa, y siguen siendo pocos.
Por eso insisto en que hay que buscarlos con más amplitud de miras: en otros sectores, en otros países y en trayectorias que no encajan en el molde clásico. Y hay que elegirlos pensando en el proyecto de dentro de cinco años, no en la vacante de hoy.
“Hay que buscar directivos de educación en trayectorias por fuera del molde clásico”
Comparto con Sonia Díez, presidenta de la Fundación EducAcción, una lectura del momento: la educación vive una reconversión histórica. Como ya les pasó a la siderurgia o a la banca, el sector necesita una inversión extraordinaria para modernizarse. Y, como ella plantea, lo que se termina no es la educación, sino un modelo pensado para otra época.
Coincido con ella también en algo esencial. En un mundo donde el contenido se renueva sin pausa, el valor está en quien acompaña a aprender.
Pero ninguna reconversión sale bien si solo cambian los balances. Se hace con personas: directivos y docentes capaces de cambiar el rumbo de un país mientras forman al talento que ya nos lidera.
Que el sector atraiga capital, ambición y foco es una gran noticia. Que lo haga con los mejores equipos al frente es la condición para que esa noticia dure.



