Por María Victoria Angulo
PISA 2025 deja una señal distinta. El deterioro de los aprendizajes ya no puede leerse únicamente como un problema de América Latina. Los resultados de lectura y matemáticas alcanzaron sus niveles promedio más bajos en la OCDE y el retroceso se observa también en economías desarrolladas y de ingresos medios. La pandemia sigue siendo parte de la explicación, pero ya no resulta suficiente. Hay transformaciones más profundas en los hábitos de lectura, la atención, la relación con la tecnología y las formas de aprender.
Una crisis global que encuentra a América Latina en desventaja
Para América Latina, este deterioro global no puede convertirse en una explicación tranquilizadora. La región enfrenta esta coyuntura desde niveles de desempeño notablemente inferiores: casi ocho de cada diez jóvenes no alcanzan las competencias básicas en matemáticas y cerca de seis de cada diez tampoco lo hacen en lectura y ciencias.
Frente a 2022, ningún país de la región registró mejoras estadísticamente significativas en lectura o matemáticas. En ciencias, Costa Rica, El Salvador y Uruguay sí mostraron avances. Conviene analizar con mayor detalle qué factores pueden estar explicando esas diferencias.
Chile y Uruguay continúan siendo referentes regionales, aunque ambos enfrentan desafíos importantes. Lo relevante no es su posición relativa ni asumir que representan un único modelo educativo, sino la capacidad institucional que han acumulado. Chile ha sostenido sistemas de evaluación, políticas de desarrollo profesional docente y mecanismos de apoyo a las escuelas. Uruguay ha consolidado durante años una infraestructura de innovación como Ceibal y recientemente avanzó en una transformación curricular. La lección es clara: las capacidades educativas se construyen de forma acumulativa y pueden debilitarse cuando cada ciclo de gobierno redefine prioridades e instrumentos de intervención.
El Salvador ofrece otra experiencia que merece seguimiento. Su reforma reciente busca alinear currículo, materiales, evaluación, acompañamiento docente, liderazgo y tecnología alrededor de un mismo propósito de aprendizaje. Todavía es temprano para evaluar resultados sistémicos, pero la orientación es relevante.
América Latina acumula numerosas experiencias piloto con resultados promisorios y muy pocas que logran escalar y convertirse en capacidad permanente del sistema.
El riesgo es conocido: unas semanas de atención pública, debate y anuncios, y luego otra urgencia desplaza la conversación. Las trayectorias de aprendizaje, sin embargo, no se modifican al ritmo del ciclo mediático.
De la evidencia a la capacidad de transformar
Esta vez habría que intervenir antes y con mayor precisión. PISA evalúa a los 15 años, pero ningún sistema debería esperar hasta esa edad para identificar rezagos acumulados desde primaria. La región necesita mecanismos de evaluación formativa frecuentes, sencillos y comparables que permitan detectar brechas tempranamente y activar respuestas oportunas. Tutorías, apoyos focalizados y estrategias de recuperación deberían formar parte de la operación regular de las escuelas, no depender de programas temporales.
También es necesario revisar el modelo de desarrollo profesional docente. Menos cursos desconectados de la práctica y más formación situada: observación de clases, planificación colaborativa, retroalimentación, comunidades profesionales de aprendizaje y equipos directivos con capacidad para liderar procesos pedagógicos. El liderazgo escolar no puede descansar únicamente en atributos individuales del rector; debe convertirse en una capacidad organizacional distribuida.
Pantallas, dispositivos móviles e inteligencia artificial están modificando la relación de los estudiantes con el conocimiento. El problema no es tecnológico en sí mismo, sino pedagógico. Se trata de definir qué procesos cognitivos no conviene delegar: leer textos complejos, escribir con voz propia, argumentar, contrastar fuentes, resolver problemas y sostener la atención. En un mundo donde una máquina puede dar una respuesta en segundos, pensar con voz propia vale más, no menos.
La secundaria requiere una transformación más estructural. América Latina logró ampliar de manera importante el acceso, pero una mayor escolarización no se está traduciendo automáticamente en mejores aprendizajes. La recuperación de capacidades básicas es indispensable, al igual que fortalecer la pertinencia de la educación media, articulándola con educación superior, transición al trabajo, habilidades socioemocionales y proyectos de vida. La permanencia aumenta cuando los jóvenes perciben que la educación tiene sentido y amplía sus oportunidades futuras.
El problema de fondo es la capacidad de ejecución. América Latina no enfrenta únicamente una crisis de aprendizaje. También tiene dificultades para convertir evidencia en política pública, política en prácticas institucionales y experiencias exitosas en intervenciones sostenibles y escalables. Esto obliga a hablar de recursos, pero también de eficiencia, focalización y capacidad de gestión. La región necesita invertir mejor y, en muchos contextos, más. La discusión no puede reducirse al tamaño del presupuesto. Importa cuánto llega a las escuelas con mayores necesidades, cuánto fortalece capacidades docentes y directivas y cuánto se traduce en tiempo efectivo de aprendizaje, mejores prácticas pedagógicas y apoyos oportunos para los estudiantes.
No necesitamos otra década de experiencias piloto exitosas. Necesitamos sistemas capaces de identificar rezagos temprano, intervenir con rapidez, fortalecer a docentes y directivos, focalizar recursos donde más se necesitan y sostener esas decisiones más allá del ciclo político.
PISA volverá a medirse dentro de unos años. La pregunta es si para entonces América Latina habrá logrado mejorar algunos puntajes o habrá construido algo más difícil y más importante: sistemas educativos capaces de aprender de la evidencia, ejecutar con calidad y sostener políticas de mejora en el tiempo. Ese es el examen que realmente importa.



