"América Latina está entre la promesa de la IA y la urgencia de cerrar las brechas educativas pendientes"
Entrevista exclusiva a María Victoria Angulo, ex Ministra de Educación de Colombia y consultora en educación superior en LATAM.
María Victoria Angulo fue Ministra de Educación de Colombia entre 2018 y 2022. Actualmente acompaña procesos de transformación en sistemas educativos de la región como consultora. Su lectura es directa: mientras América Latina conversa sobre inteligencia artificial, una parte del sistema educativo todavía no resolvió la provisión de servicios básicos.
“América Latina necesita dejar de discutir solamente lo que pasa en comparación con otros sistemas. Siempre estamos mirando a Europa, a Estados Unidos, lo cual está bien porque son referentes importantes, pero hay mucho que conversar sobre lo que pasa en la región y nuestros propios desafíos”, plantea.
Identifica cinco temas que deberían ordenar la agenda regional latinoamericana: ajustar los sistemas de aseguramiento de la calidad al crecimiento de la cobertura en distintas modalidades; asumir la flexibilidad como una condición del sistema; definir el rol de la inteligencia artificial; fortalecer el vínculo entre territorio y desarrollo; y reconocer aprendizajes previos para habilitar trayectorias educativas no lineales.
Sobre la flexibilidad, propone una imagen concreta: la universidad como espacio donde conviven distintas generaciones.
“La educación del futuro es aquella en la que coinciden el padre, el hijo y el abuelo. Quien ingresa desde la secundaria, quien busca un giro a mitad de su trayectoria laboral y quien se retira temprano y quiere emprender deberían encontrar, en una misma institución, programas pertinentes a lo largo de la vida”.
“Hablamos de IA pero no siempre recordamos que aún hay escuelas sin servicios básicos”
Cuando reflexiona sobre los retos del sistema educativo en la región, Angulo no empieza por la inteligencia artificial, sino por las condiciones materiales para que el aprendizaje sea posible.
“América Latina aún enfrenta rezagos en conectividad”, dice. “Mientras estos rezagos persistan, la inequidad seguirá aumentando”. A ello se suma un déficit aún más básico: “Todavía hay escuelas sin acceso continuo a electricidad, agua potable y saneamiento”.
La afirmación —advierte— puede resultar incómoda: “Pareciera una realidad de hace 15 años, pero sigue vigente”. Y agrega: “En un contexto de transición demográfica, este es el momento de saldar esas deudas básicas: la presión sobre la expansión del sistema se modera y se abre una ventana para cerrar brechas estructurales. Resolverlo en los próximos años no es solo necesario, es una prioridad inaplazable”.
IA y universidad: entre transformación y propósito
Angulo reconoce el valor del debate ético sobre la inteligencia artificial y menciona los lineamientos de UNESCO-IESALC como una de las bases sobre las cuales las instituciones están construyendo sus reglamentos internos. Al mismo tiempo, destaca que en los países de la región se vienen dando discusiones en los órganos legislativos —con mayor o menor velocidad— para regular su desarrollo y uso.
Advierte, sin embargo, un rezago: “En América Latina nos hemos concentrado en el debate ético, que es necesario, pero frente a otras universidades del mundo la transformación avanza con mayor lentitud, particularmente en las universidades públicas”.
Para Angulo, el rol de la IA en las instituciones de educación superior se juega en varios planos. En la analítica institucional, permite pasar de una planeación estratégica tradicional a sistemas que entregan alertas y señales oportunas. En la docencia, actúa como apoyo en la producción de contenidos, la tutoría y la evaluación. En la investigación, puede fortalecer la gestión de proyectos, el análisis de datos y la productividad académica, aunque aún enfrenta limitaciones por falta de capacidades y apoyo institucional. En la gobernanza del dato, exige reglas claras para el acceso, uso y gestión de la información. Y, en la extensión y la relación con el entorno, abre nuevas posibilidades para transferir conocimiento y ampliar el impacto social de las universidades.
Su advertencia apunta al ritmo: “Quien no se adapte a tiempo y de manera adecuada quedará rezagado en la conversación”. En ese sentido, subraya que la incorporación de la IA debe fortalecer los ámbitos en los que la universidad tiene mayor capacidad de transformación. Pero es enfática en el límite: lo que define a la universidad y la hace insustituible no es la tecnología, sino su capacidad de formar pensamiento crítico, resolver problemas complejos, impulsar la creatividad, fortalecer la comunicación y desarrollar criterio ético.
Trayectorias no lineales y portafolios de aprendizaje
Angulo describe un cambio estructural en la educación superior: las universidades están transitando de un modelo centrado en programas hacia una lógica de portafolios de aprendizaje. La distinción es sustantiva porque redefine la unidad de análisis del sistema: ya no es la carrera como trayecto cerrado, sino la trayectoria como construcción flexible a lo largo del tiempo.
“Estos portafolios pueden ser personalizables, con rutas estructuradas y opciones predefinidas, o plenamente personalizados, configurados por el propio estudiante según sus intereses y momentos de vida. La elección no es neutra: tiene implicaciones en los costos, en los modelos de gestión académica y en las estrategias de diferenciación institucional”.
El cambio —observa— está impulsando transformaciones de carácter estructural: universidades que reconfiguran sus arquitecturas académicas, sustituyendo facultades por escuelas más flexibles, donde conviven distintas decanaturas y se habilitan respuestas a elecciones estudiantiles crecientemente no lineales.
Esta evolución se inscribe, además, en un contexto de transición demográfica en América Latina, en el que la diversificación etaria de la demanda —incluida la expansión de la silver economy— obliga a repensar la oferta formativa a lo largo de la vida.
“Es un engaño decirle a un joven que una formación de seis meses le servirá para toda la vida”, dice. En su lugar, plantea un enfoque de acumulación progresiva: trayectorias formativas a lo largo de la vida, con entradas y salidas al mercado laboral, y con mecanismos efectivos de reconocimiento y certificación de los saberes adquiridos en cada etapa.
No se trata de programas cortos aislados, sino de rutas articuladas que permitan actualizarse, reorientarse y profundizar competencias de manera continua.
Tres decisiones para los próximos años
Cuando se le pide concretar qué decisiones deberían tomar los sistemas educativos en el corto plazo, Angulo enumera tres.
La primera: cerrar las brechas de aprendizaje en educación primaria y secundaria, y reformar la educación media.
La segunda: definir una postura clara sobre el uso de la tecnología en el aula, que incluya no solo el para qué, sino también el dónde y el cuándo usarla. Esto implica abordar debates en curso —como la regulación o prohibición del uso de redes sociales en entornos escolares— y evitar enfoques que releguen la tecnología únicamente a contextos rurales. Al mismo tiempo, supone aprovechar la inteligencia artificial no solo en los procesos de aprendizaje, sino también como apoyo a tareas administrativas y de gestión institucional.
La tercera: avanzar hacia un sistema articulado de certificaciones que reconozca aprendizajes a lo largo de la vida, mediante marcos nacionales de cualificaciones interoperables y comparables a nivel regional. “No toda América Latina cuenta con estos instrumentos. Su desarrollo debería asumirse como una agenda común, con estándares de calidad, mecanismos de aseguramiento y sentido de urgencia. Esta arquitectura es clave para habilitar la acumulación y transferencia de aprendizajes, la movilidad académica y laboral, y el reconocimiento efectivo de microcredenciales”.
Una preocupación que vuelve
Hacia el final de la conversación, Angulo retoma la pandemia. No desde la nostalgia, sino como un punto de contraste en materia de política educativa que hoy le genera inquietud.
“Durante la pandemia había un consenso claro. Lo recuerdo entre los ministros de ese momento: la crisis iba a profundizar las brechas y obligaba a concentrar los esfuerzos en programas concretos, desde las escuelas, para reducir las brechas de aprendizaje, con foco en lectura, matemáticas y desarrollo socioemocional”.
Ese consenso —señala— se ha debilitado. “Superada la emergencia, el cierre de brechas dejó de ser, en varios países, una prioridad sostenida”.
Y advierte sobre el costo de esa pérdida de foco: el tiempo que se pierde es tiempo educativo crítico, con efectos acumulativos sobre las trayectorias, la equidad y las oportunidades de una generación.
El tiempo que se pierde, advierte, es tiempo vital.



